¿De qué vacunas estamos hablando? El negocio de la mentira y el miedo

Soy un entregado a las vacunas.  Estoy vacunado de todo desde que era pequeñito con las vacunas herederas de la de la viruela de Jenner de finales del siglo XVIII.  Mis hijas veinteañeras también están rigurosamente vacunadas contra todo lo vacunable, también desde que nacieron.  Me siento en deuda con las vacunas que en los últimos 200 años han erradicado o reducido a la anécdota estadística y clínica a la viruela, difteria, tétanos, tosferina, poliomielitis, sarampión, rubeola, parotiditis, varicela y papiloma humano.  Afirmo que las vacunas han salvado millones de vidas y que han sido y son un gigantesco paso de la ciencia en pro de la Humanidad.

Por tanto y en coherencia con lo anterior, detesto a los antivacunas, les percibo como lunáticos, paranoicos, obsesivos, egocéntricos, egoístas, hipocondríacos y torpes, muy torpes.  Son potenciales enfermos insosteniblemente caros para los sistemas sanitarios y, lo que es auténticamente inadmisible, también son reservorios y potenciadores naturales de las enfermedades contra las que rechazan protegerse.  Así como los diferentes estados desarrollados legislaron en su momento la obligatoriedad del casco en las motos o el cinturón de seguridad en los coches para paliar el inasumible coste sanitario que suponían los accidentes de tráfico, estoy convencido de que habría que legislar contra los antivacunas para acabar con su insolidaria realidad como vectores de propagación de enfermedades infecciosas.  De hecho, hablar con un antivacunas me produce el mismo rechazo que hablar con esos otros tarados que se oponen a las transfusiones de sangre, a la donación de órganos o al uso de antibióticos y hasta analgésicos por parte no sólo de ellos sino incluso de sus propios hijos.  Qué decir, ya puestos, de los terraplanistas o de los que creen firmemente que entre nosotros hay miles de extraterrestres disfrazados esperando mejor ocasión para liárnosla con la apocalíptica invasión alienígena.

Pero, ¿qué se espera de un vacunado?  Que adquiera inmunidad frente a la enfermedad, es decir, que no enferme si entra en contacto con el patógeno.  Y dado que no va a enfermar, también se espera que no sea transmisor de la enfermedad, o sea, que el patógeno no lo utilice como vector de propagación.  Adicional y consecuentemente, se espera en general que el vacunado contribuya a la erradicación de la enfermedad o a anular su morbilidad y mortalidad e, incluso, también se espera que aporte su granito de arena para conseguir el rápido final de la epidemia o pandemia de turno.  En definitiva, lo que se espera es lo que exactamente ha conseguido la vacunación masiva en los últimos dos siglos: que estemos defendidos individual y colectivamente contra ciertos patógenos.  La cantidad y calidad de vida de las ultimas 10 generaciones no hubiera sido igual sin las vacunas.

Sin embargo, hay virus contra los que no conseguimos vacunas.  Por ejemplo, el VIH que aparece hace 40 años, que ha segado la vida de 40 millones de seres humanos y que, al no existir vacuna, sigue produciendo contagios y muertes de SIDA.  Pero, ¡bombazo!, aparece el SARS-CoV 2 hace 2 años, ha matado a 5 millones de seres humanos y dicen que hay vacunas desde hace 1 año; pero sigue habiendo contagios y muertes.  España tiene un alto índice de “vacunación” contra el SARS-CoV 2, pero el 50% de los ingresados por COVID está vacunado.  Y, por si fuera poco, entre todas las muertes que sigue habiendo por SARS-CoV 2, ¡hay más de vacunados que de sin vacunar!  Pero hay poblaciones con tasas de vacunación aún superiores a la de España, como es el caso de Gibraltar cuya tasa es del 100%, tasa que no evita que los contagios se hayan disparado y que tampoco evita que haya impacto hospitalario y muertes por COVID.  ¿No es extraño que la misma ciencia que no ha podido conseguir vacunas contra el VIH o contra el Ébola, haya conseguido en un añito vacunas contra el SARS-CoV 2?  Claro está que, llamar vacuna a un fármaco que ni evita los contagios ni las muertes es como mínimo pretencioso, y como máximo el mayor fraude la Historia.  Bien es verdad que este ensayo podría acabar aquí como artículo de opinión, pero voy a extenderme para decir la verdad, despacharme a gusto y terminarlo como ensayo.  Procedo ahora al cuerpo:

Los virus sólo se replican cuando han invadido nuestras células porque nos hemos contagiado, por tanto, sólo crean copias de sí mismos (replican) cuando contagian a un huésped.  Es en el proceso de réplica, y sólo en él, cuando se producen las mutaciones.  De hecho, se producen muchísimas mutaciones, o fallos en las réplicas, y sólo unas pocas son favorables a los virus y a su permanencia, y negativas para la Humanidad.  Se acabarían las réplicas y sus consecuentes mutaciones si las que dicen ser vacunas evitaran la morbilidad, o los contagios, porque sin contagios no habría ni réplicas ni mutaciones.  Pero está tristemente demostrado que las que dicen ser vacunas COVID NO evitan los contagios y tampoco evitan las mutaciones.  Es más, posiblemente todas las que dicen ser vacunas contra este virus lo que realmente hagan sea facilitar las mutaciones porque al no evitar los contagios, propician las réplicas en entornos biológicos sólo parcialmente protegidos por las llamadas vacunas COVID, lo que quizás conlleve a que algunas de dichas réplicas generen variantes con mayor morbilidad y mortalidad, por pura lógica de proceso de selección, o evolutiva.  Bien es verdad que todas estas pseudo vacunas ofrecen en general resistencia al desarrollo de la enfermedad grave y también en general, bajan la estadística de muertes; ello aceptado sin perder de vista la proporción de vacunados con pauta completa hospitalizados y muertos por COVID-19.  Eso sí, los dirigentes de todos los gobiernos de todos los colores políticos, las autoridades sanitarias y los medios de comunicación proclaman sin vergüenza alguna que para evitar los contagios, vacunación, vacunación y vacunación.  Aseguran, lo cual reconozco me impacta, que la mejor y única manera de no contagiarse en las reuniones familiares navideñas y en las comidas de empresa es la tercera dosis.  Nos venden que si nos vacunamos no nos contagiaremos ni contagiaremos a nadie.  Y cientos de millones de inocentes personas compran sus falaces discursos.  Se asume como cierto el cliché de que si uno entra en un local cerrado atiborrado de personas, pero todas vacunadas ya no con tres, sino con 4 ó 5 dosis de las pretendidas actuales vacunas COVID, ese grupo estaría libre de contagio, libre de desarrollar la enfermedad y libre de morir; cliché absolutamente falso pero verdadero en la mente colectiva a fuerza de repetirse como un mantra, tal y como planteaba el socialista Joseph Goebbels, ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del III Reich.

Reflexión muy especial merece la vacunación COVID de jóvenes y niños, subgrupos estadísticamente casi invulnerables a desarrollar la enfermedad o morir.  Pero a nivel global se acepta como imprescindible la vacunación masiva de niños y adolescentes para FRENAR LOS CONTAGIOS con sueros que llaman vacunas, cuando si no se vacunaran se contagiarían de igual manera que vacunándose, y tendrían las mismas posibilidades (casi nulas) de desarrollar enfermedad grave o morir.  En definitiva, la justificación de vacunar a los niños contra un patógeno que no afecta a su salud, y que les va a contagiar de igual manera que si no estuviesen vacunados, es exclusivamente económica.  La diferencia entre vacunar o no vacunar a los 60 millones de niños europeos con tres dosis, (apuesto lo que sea a que dentro de unos meses se empezará a hablar de la necesidad de la tercera dosis para niños) puede rondar los 3.600 millones de euros; ¿qué más da, pues, si esas dosis son inútiles o necesarias para esos niños?  El tema importante y subyacente es el negocio.

Por otra parte, afirmo rotundamente que la Humanidad está sufriendo un gigantesco experimento pues, ninguna de las que dicen ser vacunas COVID ha estado bajo los procedimientos de seguridad farmacéutica obligatorios hasta el 2020.  Llegados a este punto, rechazo categóricamente que los antivacunas y negacionistas se adhieran a cualquiera de mis hipótesis agregando todas sus chifladuras de nanochips, grafenos y localizadores e inductores de futuras conductas autodestructivas o de obediencia a seres superiores, porque prefiero leer “13, Rue del Percebe” que atender a todas esas paridas paranoicas.

Exijo que se nos diga la verdad, que debería ser, por ejemplo, esta: “Oiga usted, inocúlese este suero cada 6 meses porque es lo único que tenemos; con ello usted tendrá más posibilidades de no enfermar gravemente o morir, aunque la protección contra la enfermedad grave o la muerte es relativa, no absoluta dado que esto no es una vacuna al uso.  Pero, también tenga en cuenta que usted, aunque se inocule el suero podrá contagiarse y contagiar.  Si usted no desea contagiarse tendrá que usar mascarilla y no frecuentar espacios con gente, o frecuentarlos si dichos espacios están sometidos a cribados con tests rápidos del 100% de asistentes.  En cualquier caso, no se preocupe demasiado por contagiarse porque seguramente y gracias al suero, usted será asintomático o con síntomas leves.  Por tanto, ni piense en parar su vida, ni en dejar de trabajar, ni en dejar de viajar, ni en dejar de abrazar, ni al fin y al cabo en dejar de ser normal.”  Todo ese planteamiento sí sería honesto.  Porque, en realidad, lo que no tolero es que traten de asustarme con mentiras y venderme un escenario en el que soy una mera pieza de un inmenso negocio.  Cualquiera tiene derecho a evitar contagiarse por conocer realmente las cartas con las que juega y, sin embargo, las autoridades engañan sistemáticamente asegurando a la población que la vía para evitar los contagios es la vacunación.  Estamos ante un descarado fraude y ante flagrantes delitos contra la salud pública.  Uno sin patologías previas, con la pauta completa inoculada y que se vea en un hospital ingresado por enfermedad grave, hay muchos casos así, tiene derecho a querellarse criminalmente contra las autoridades que aseguran que eso no le ocurriría.  Y, sin lugar a dudas, si la línea estratégica de los gobiernos fuera la de la verdad y la honestidad, cabría perfectamente la obligatoriedad, amparada por LEY aprobada por Congreso y Senado, es decir sin excusas, de la inoculación del suero cada seis meses, justificado todo ello por el interés general de evitar el colapso hospitalario.  Si hubiera honestidad por parte del gestor público, podría entonces haber exigencia al estulto negacionista que tanto perjudica al conjunto.

Definitivamente, concluyo que el SARS-CoV 2 ha sido y está siendo la oportunidad del negocio económico más importante de la Historia de la Humanidad.  Porque, además de los gigantescos beneficios industriales que están arrojando las, cuando menos, ineficientes vacunas COVID, pues no consiguen ni por asomo los resultados de la más mediocre de las vacunas de verdad, están los beneficios que obtienen los gobiernos de decenas de países sometiendo a miedos irracionales a miles de millones de personas.  De hecho, el miedo es tal que lo más común es ver a pobre gente paseando por zonas solitarias en playas o montes, ¡con mascarilla!  Porque se sabe que un rebaño atemorizado, receloso, y enfrentado entre sí es dependiente, vulnerable, manipulable y agradecido a cualquier ayuda pesebrera.  Y a modo de rápido resumen de la conclusión, manifiesto y sugiero:

  • Las llamadas “vacunas COVID”, más que comportarse como verdaderas vacunas se comportan como inmunoglobulinas, pues aumentan sólo por muy breve espacio de tiempo la inmunidad.
  • Disminuyen las posibilidades de enfermedad grave y de muerte, pero no evitan la morbilidad ni la mortalidad.
  • Al no evitar los contagios, tampoco evitan que la población “vacunada” deje de ser reservorio no detectable del virus (asintomáticos).
  • Al ser susceptible la población “vacunada” de seguir contagiándose y de contagiar, el virus conserva su capacidad de seguir mutando pues sigue replicándose en cada humano que contagia.
  • “Vacunas COVID” sí, pero sin que los dirigentes políticos, autoridades sanitarias y medios de comunicación nos engañen.  Basta de difundir el mensaje de que para evitar contagios hay que vacunarse.  Para evitar contagios: cribados, medidas barrera, ventilación de espacios, no aglomeraciones y profilaxis.  Las “vacunas COVID” son para que si se produce el contagio, que se va a producir, haya bajo impacto en la salud individual y en el sistema sanitario.
  • En cuanto a la vacunación de niños y jóvenes, ¿para qué?  Considerando que son subgrupos que cuando se contagian no desarrollan la enfermedad, ¿qué sentido tiene?  Porque si son vacunados van a seguir contagiándose y contagiando exactamente igual que si no lo son, pero padeciendo los inherentes riesgos de fármacos fabricados con una tecnología inédita en la Historia de la Humanidad.  A los niños y adolescentes se les somete con la vacunación a los inevitables efectos secundarios que tienen las “vacunas COVID”, para no evitar que se contagien y sigan siendo vectores de propagación.  Quizás sí vacunar a niños y jóvenes cuyos perfiles lo requieran, pero no a todos.
  • Eliminar el temor al virus, al contagio, a la enfermedad, a la muerte y a las “vacunas COVID”, consideradas estas como fármacos que contribuyen a que la incidencia hospitalaria sea asumible.
  • Que los gobiernos no restrinjan tanto la actividad social, económica y lúdica y atiendan sanitariamente mejor a quienes lo necesiten, que será el bajo porcentaje de la población inoculada con pauta completa que enferme.  Más camas hospitalarias y de UCI y menos impedir a la gente que vivamos.
  • Aprender a convivir con este virus y con sus contagios, asumiendo sin histerismos el uso de las “vacunas COVID” y de todo el resto de elementos disponibles de lucha contra esta pandemia, evitando la locura colectiva que hasta ahora campa a sus anchas.
  • No parar la actividad económica, laboral, de ocio, de turismo ni demonizar a los jóvenes, y no tan jóvenes, que ejercen su inalienable derecho a vivir.
  • Percibamos este virus como lo que es, un patógeno de alta morbilidad, pero de baja mortalidad y letalidad.

Planificado o no, la Humanidad se encuentra en 2022 en un momento de máximas posibilidades de formación e información y de mínimas cotas de capacidad de juicio; con absurdos temores e inéditas obediencias.  La deshumanización del Ser Humano está servida.