Yo, en Australia

Nunca estuve en Australia. Pero como soy un televidente empedernido y un noctámbulo, vi el viaje a Australia de Carlos de Inglaterra y lady Diana Spencer. Recién casados. Y el sueño me transportó allí, junto a un periodista radiofónico tinerfeño y a un escritor de la Isla y a un cura lagunero de pequeña estatura, que ya falleció. Fíjense qué disparate. El cura había ido antes, ahora vivía allí, y en el hotel, antes de decirnos misa (hace años que no voy a la iglesia), nos explicó cómo eran Australia y los australianos. En realidad, el sueño era una repetición del capítulo de la serie The Crown que había visto en la madrugada anterior. Pero fue interesante, porque el relato del cura me dio una visión de lo que es aquella tierra, con una precisión y un detalle que cuando me desperté me quedé ciertamente asombrado. ¿Qué pintaba yo en Australia? Salvo ser admirador de Cocodrilo Dundee no siento el menos interés por aquella enorme extensión de terreno, ni tampoco por Nueva Zelanda, cuya primera ministra está tan despistada que admira a Pedro Sánchez. Junto a ciudades hermosas, como dicen que es Perth, Darwin y Sidney, allí se ven desiertos espantosos y junglas peligrosas, y, además, el sol te produce graves melanomas, como no tengas cuidado. En fin, que el cura lagunero del sueño -parece que lo estoy viendo en la plaza de la Catedral, o en el bar Carrera- nos dio una atinada visión de la belleza de aquel lugar, en el mismo hotel de Sidney, situado frente a la famosa Ópera, que se parece al edificio de Calatrava construido en Santa Cruz. Fue una pena que, como ocurre siempre, cuando mejor lo estaba pasando me desperté, ya tarde, a las once de la mañana, que es mi hora habitual de volver a la realidad. Ya les dije que fue curioso: nunca estuve en Australia.

Publicado en Diario de Avisos