Inmigrante, baila al ritmo de la integración

Mi columna de esta semana la iba a dedicar íntegramente a recordar la figura de Johnny Pacheco, instrumentista, arreglista y compositor, un genio dominicano capaz de dirigir a toda una constelación de músicos y cantantes del Caribe y más allá de sus fronteras, incluida Celia Cruz. Pacheco, también excelso bailador,  se paseó por el mundo de la mano de la salsa con la orquesta  multicultural Las Estrellas de Fania, fundada por él en el año 68. El Caribe y los salseros estamos de luto, le escribí  por whatsapp a mi amigo Pipo Martínez cuando me informó desde Barranquilla de la muerte del maestro, el pasado 15 de febrero, en Nueva York, a los 85 años de edad, mientras que Lucho Chamorro, colega de andanzas que reside en México, no tardaba en mandarme una cuidadosa selección de éxitos del artista.

Decidí cambiar el sentido de mi reconocimiento, puramente artístico, emocional y con toques bibliográficos, al recordar, esta misma semana, que mi vida profesional en Canarias casi que duplica a la que dejé en Colombia. Son años ya de estar asentado en el Archipiélago, a punto de coronar dos décadas.

Participé de una encuesta del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia que tiene el propósito, eso al menos dice el boletín informativo de la Cancillería que recibo periódicamente, de conocer cómo los colombianos que vivimos en el extranjero nos relacionamos profesionalmente o de otra manera con Colombia, y entender además qué es lo que nos motiva a relacionarnos. 

Una de las preguntas de esta investigación indagaba por el número de años trabajados en Colombia y el tiempo de trabajo fuera del país. El trabajo, con independencia del o los motivos que cada  inmigrante tuvo para decidir establecerse en otra nación, traduce supervivencia, nuevo entorno de convivencia, que puede ser totalmente distinto al habitual si hay barreras idiomáticas, y capacidad de adaptación, esta última expuesta por Charles Darwin como la mayor demostración de inteligencia de una especie.

Les aseguro que mandarse a mudar no es una decisión fácil porque entran en juego lazos familiares y culturales muy fuertes, aunque lo cierto es que nadie te obliga a abandonar tu país.

En mesas redondas relacionadas con el tema de la inmigración y en medios de comunicación siempre he defendido que es sobre el extranjero quien recae la máxima responsabilidad de integrarse. El ser persona, tener un comportamiento educado, respetar la legalidad o estar formado no tiene pasaporte ni fronteras, es la visa para estar, saber estar y mantenerse. No pretendo, ni soy nadie para dar recetas, pero créanme que no solo hace la vida más fácil en el exterior, sino que es el mejor antídoto contra la xenofobia peligrosamente alentada en España por la derecha extrema, retrógrada y recalcitrante, y otros, que dicen no ser de extrema,  solapados maliciosamente en la manta de la cobardía.

Es sencillo, no podemos hacer un trasvase literal ni tratar de imponer escenarios de nuestro país de origen en el país de adopción. Preocuparse por los problemas que aquejan a nuestro nuevo ambiente, proponer soluciones, participar de la vida en comunidad, interesarse por conocer su gastronomía, folklore y costumbres, no solo enriquece y nos hace crecer como personas, sino que ayuda a fortalecer la convivencia y abre vías de intercambio de experiencias culturales, para que a su vez, los vecinos del lugar de acogida, se interesen y disfruten de nuevas culturas, de nuestra cultura. Dichosos en el respeto y la diversidad.  Una estupenda oportunidad sobre todo para los más jóvenes.

Ahora que supimos que mandan a la princesa Leonor a estudiar el bachillerato a un internado de Gales, para garantizarle, se supone,  una mejor preparación de cara a su futuro reinado en España, que a día de hoy nadie se atreve a asegurar, otro buen amigo, Manuel Pérez, vecino de mi localidad, ante la opinión de algunos altavoces de la Casa Real que justifican el “exilio” de la princesa diciendo que allí le ofrecen la  interacción con chicos y chicas de otras  nacionalidades, pues con sorna, y con razón, me apunta que, si ese es uno de los criterios, en nuestros centros educativos públicos más cercanos conviven alumnos de más de 80 nacionalidades, de tal forma que las puertas de Canarias estarían abiertas a la integración multicultural de la princesa de Asturias.

Johnny Pacheco visitó todos los continentes, percibió el gusto de los africanos por el son montuno y la guajira, armonizó una orquesta donde había mayoritariamente puertorriqueños, pero también mexicanos, cubanos y dominicanos. Un judío también formó parte de Las Estrellas de Fania, perspectiva de dos mundos, el de país de origen y el  mundo que te acoge fuera, el mundo que construimos todos. Por eso es más fácil si bailamos al ritmo de la integración. Reflexión personal y homenaje a Pacheco.